Laberinto I. Año 2017

Se supone que estando uno dentro de un laberinto, el descubrimiento del espacio se produce de forma lineal, sucesiva, mostrándose solo un fragmento cada vez, un instante dentro de un conjunto infinito de instantes. Con reglas de juego muy claras, y como si de la lectura de un texto se tratase, se asume que para poder conocer el asunto, y comprenderlo en su totalidad o elaborar una síntesis, primero hay que recorrerlo íntegro, linealmente, continuamente, palabra tras palabra, espacio tras espacio.

Pero la percepción de la realidad ante el ser humano dentro de un contexto ordinario nunca se despliega de forma ni lineal, ni sucesiva u ordenada. Todo lo contrario, se presenta bajo formas múltiples, complejas, desordenadas y arbitrarias. Solo si tuviésemos la capacidad de olvidar quienes somos, cual es nuestro pasado, cuales fueron nuestros amores, nuestro lenguaje y nuestros miedos más profundos, quizás en ese momento gozaríamos la bendición de una virgen y ordenada mirada sobre esa complejidad, quizás en ese instante, solo en ese punto, nos seria develado el auténtico nombre de Dios. Pero como sabemos que eso nunca ocurrirá, insistimos repetidamente con la producción de artificiales miradas, que nos obligan a producir siempre caprichos, siempre arbitrariedades, situaciones a la vez tan innecesarias como inevitables.

Podríamos afirmar entonces, que un laberinto es una herramienta que transforma la realidad, que la encapsula y le otorga un orden, “el orden”. Y que de esta forma altera el inevitable porvenir, evita la muerte. Hay quienes confían en que nuestro desarrollo vital está escrito, que es imposible cambiar nuestro destino, que dependemos de organismos de mayor envergadura, que son los que se ocupan de mover una maquinaria de aun mayor escala, y es solo bajo su lupa que el hombre existe y se mueve. Otros, dentro de los cuales yo adhiero, explican que a cada momento estamos escribiendo nuestro próximo instante, y que la incomodidad que nos produce nuestro alrededor, esa constante y molesta palpitación del tiempo, la perpetua consciencia de nuestra finitud, nos inmola en búsqueda de un inexistente e imposible milagro.

Laberinto II. Año 2017

Idealmente, un laberinto precisa de la invención constante de un recorrido para hallar un objetivo, “el objetivo”. Durante este lapsus, el actor debe tomar decisiones constantemente, construyendo su propio destino, discriminando entre las infinitas posibilidades del juego. De este modo, hay quienes de inmediato cumplen con la misión, y llegan a la meta en un abrir y cerrar de ojos. Hay otros, quienes demoran una eternidad en conseguir lo añorado, incluso durante la búsqueda van perdiendo la claridad del objetivo, lo reinventan. También están los más numerosos, que nunca llegan a ningún sitio, y siempre deben volver a comenzar, siempre desde un lugar nuevo e incierto. Bien se sabe, que hay algunos que haciendo trampa llevan consigo un cordel que, desenrollándolo poco a poco, indican maliciosamente el camino de vuelta, siempre contando con la seguridad de poder retirarse, de no terminar el asunto.

También es importante aclarar que la totalidad de los participantes de una experiencia laberíntica, y en esto todos son iguales, actúan siempre bajo la confusión del devenir, siempre expectantes al próximo instante, latentes en la búsqueda de la concreción del objetivo, siempre luchando para conseguir el preciado tesoro. Podríamos deducir entonces, que la evidente imposibilidad de contemplar la totalidad de un laberinto, esa incapacidad de apreciarlo todo, de parcialidad constante, constituye en él un escenario infinito en sí mismo, continuo ad æternum, pues el completamiento de la cosa solo puede llevarse a cabo en el pensamiento, como si de un rompecabezas mental se tratase.

Entonces el visitante de un laberinto se emprende en la búsqueda de algo que realmente añora pero que nunca conseguirá; de hecho, cuando llegue el momento, afligido por no encontrar ninguna sorpresa, ningún fuego artificial, ningún abrazo o felicitación, interpretará que todo ese recorrido, todo ese sufrimiento, toda esa devoción por encontrar el secreto que esconde la llave de la felicidad, todo ese camino es ya la cosa soñada.

Ese espesor. Año 2017

Esa masa viscosa llamada tiempo, que es la materia con la que el espacio se construye, determina en su fluir el cuerpo mental que nos representa. El conjunto móvil de sucesos que un hombre acumula y la relación que entre ellos existe a lo largo del tiempo, vuelve a la ecuación de la personalidad realmente muy compleja, casi infinita. Sería entonces casi imposible que, ante eventos equivalentes, dos personas traduzcan iguales símbolos, volviendo bien difícil la tarea de interpretar problemas y entusiasmos ajenos, que si bien en general son comunes pues hombres somos todos, también es verdad que cada quien, que es uno y sus propias circunstancias, goza de capacidades e impedimentos bien singulares e irrepetibles.

Nombrar I. Año 2018

Para poder definir los objetos con los que en la realidad nos encontramos, discriminamos entre la totalidad de símbolos con que nuestra biblioteca mental cuenta, y eliminando las variables menos adecuadas damos finalmente forma a nuestras ideas, como un escultor lo hace sobre el mármol, quitando todo exceso que no constituya la forma esencial de lo que queremos (podemos) representar. La mirada sobre una cosa es siempre una construcción, pero una construcción que resta en vez de adicionar materia al mundo.

Nombrar, en ese sentido se convierte entonces en un mal hábito, muy nocivo para cualquiera que intente ver lo mismo de una forma distinta, pues son demasiadas, hasta infinitas las posibilidades perdidas al optar solo por algunos de los rasgos distintivos de un objeto. Mucho más exacto seria utilizar un lenguaje con reglas más flexibles, donde una cosa pueda ser nombrada de múltiples e incontables formas, incluso contrarias entre sí. Gracias a Magritte* sabemos que la existencia del día depende por lo menos de la existencia de la noche, y que incluso los límites entre ambos, que en nuestro lenguaje son muy claros y específicos, en la realidad es bastante difícil decir donde termina uno y comienza el otro. Nuestro modo occidental de mirar el mundo, la simplificación aniquilante que exige el igualar a todos los soles en un único sol, no nos permite la elaboración de interacciones más complejas entre objetos que produzcan un más rico existir.

* René Magritte; El imperio de las luces (1954)

Nombrar II. Año 2018

No hay tiempo para nombres.

Ni Donald Judd quiso hacer minimal ni Mark Rothko expresionismo abstracto.

”El Movimiento Moderno es ya tradicion”.*

Es gracias a la labor de los malos intencionados que se da nombre al trabajo de las personas. Hay quienes comparan nombrar con matar, pues dicen que en ese infame acto, cualquier imprecisión queda fuera del mapa, congelando hasta la muerte a cualquiera que caiga bajo sus garras.

*Julio Cano Lasso.

Muerte. Año 2019

Probablemente, el momento más importante en nuestra vida es el instante en el que morimos, paradoja aparte. Y es que, pensándolo un poco, es el único momento de nuestro existir del cual no formamos parte, nos es ajeno. No incurrir en primera persona en el momento donde todo cambia para siempre, atribuye al propio acto categoría de grandeza, incluso aunque la acción que desencadene tal evento fuese, por ejemplo, un tropezón distraído mientras se cruza las vías del ferrocarril.

Arca. Año 2019.

Un arca es un objeto que protege siempre, aquello que es tan preciado para el hombre. Durante la edad media fueron los tesoros de las familias feudales. Previo el diluvio, Noé tuvo que proteger con un arca todas las especies que permitirían continuar la vida en la tierra más adelante. Es un arca la que protegió la palabra de Dios ante los hombres. El libro incluso es un arca que protege y perdura la memoria del hombre a lo largo del tiempo.

Pero el arca del siglo XXI no puede ser ni un cofre, ni un barco, ni un libro, o cualquier otro objeto que pertenezca a este mundo. El arca de la era de la tecnología y las comunicaciones está construida con aire, y debe proteger y promover lo más preciado de nuestro tiempo; el conocimiento.

Verdad. Año 2020

La verdad, como ocurre con los espejos, no tiene la capacidad de construir forma propia ni permanente. Depende pura y exclusivamente de sus circunstancias, de un contexto que le aporte, de forma provisoria e inestable una máscara, un sentido.

Sombra. Año 2020

La luz absoluta es el punto de partida, lo primitivo. La realidad, desde un comienzo así nos cobija. La sombra en cambio, un descubrimiento muy posterior; juvenil e imprecisa, matiza a la luz provocando realidades que no tienen la capacidad de perdurar, de sobrevivir, proyectando así sobre cada objeto múltiples e incansables personalidades. Podríamos afirmar entonces, que la sombra aunque imprecisa, tiene la capacidad de tallar sobre la realidad los matices necesarios para dar forma a las ideas. Quizás algún día la sombra, ya mas experimentada y madura, logre definir con mayor precisión nuestro mundo.